jueves, 25 de abril de 2013

TRABAJARSE A SI MISMO ANTES DE AYUDAR

En una ocasión una madre muy preocupada llevó a su hijita de 12 años ante Gandhi para perdirle ayuda. Su niña no paraba de comer dulces y chucherías de todo tipo. Comía tanta ázucar que no sólo sus dientes, sino toda su salud, corría peligro. La mamá le imploró a Gandhi que ayudara a su hija a dejar esa adicción. 
Gandhi se quedó pensativo y dijo después de un momento de introspección profunda:
-Vuelve a traerla dentro de tres semanas.
Perpleja, pero sin cuestionar la autoridad de Gandhi, obedeció. Al cabo de las tres semanas volvió a visitar al maestro. 

Gandhi miro a la jovencita directamente a sus profundos ojos. Con firmeza y en voz muy clara dijo: -¡Deja de comer azúcar, te estás haciendo daño a ti misma, eres un ser muy valioso como para hacerte daño de esa forma!"
La chica se quedó impresionadísima, nunca le habían dicho nada igual. Por la cara de estupefacción que mostraba, la madre supo en seguida que la chica no iba a desobodecer las palabras de este hombre sabio.

Después de darle las gracias, la señora inquirió a Gandhi:
-Tengo una pregunta: ¿Por qué no le dijo usted a mi hija que dejara de comer azúcar cuando la traje la primera vez?
-Antes de dar un consejo que yo mismo no seguía, preferí callarme. Sólo cuando en esas tres semanas dejé de tomar azúcar, pude decirle a su hija que dejara de hacerlo.

Todo el mundo, en un momento u otro de su vida, se predica a sí mismo o a los demás lo que no practica; todo el mundo actúa -o se guía- de forma contradictoria o inconsecuentemente con las opiniones que confiesa o profesa.
En muchos casos es prácticamente imposible saber qué es lo que creemos en la vida diaria hasta que dialogamos con otras personas y nos escuchamos de verdad a nosotros mismos.


Rosa Bright

Compilación Psicólogo Alvaro Cardona